La conversión de Walter Veith no fue el resultado de una decisión repentina ni de una experiencia religiosa superficial. Fue un proceso largo, doloroso y lleno de conflictos internos, en el que tuvo que confrontar su pasado, sus convicciones científicas, su prestigio académico y su manera de comprender a Dios.
Durante años se consideró ateo y evolucionista. Como zoólogo y profesor universitario, estaba convencido de que la teoría de la evolución proporcionaba una explicación suficiente para el origen y desarrollo de la vida. Sin embargo, una serie de experiencias familiares, espirituales e intelectuales lo llevó a reconsiderar todo aquello que había aceptado como verdad.
Una infancia marcada por el dolor
Walter Veith nació en un hogar religiosamente dividido. Su madre era una luterana profundamente comprometida con su fe, mientras que su padre era católico romano. Debido a las normas de la Iglesia católica para los matrimonios mixtos en aquella época, su madre aceptó que los hijos fueran educados como católicos.
A pesar de sus diferencias religiosas, sus padres se respetaban y no permitían que la religión se convirtiera en motivo de conflicto dentro del hogar. Sin embargo, la vida de Walter cambió cuando su madre enfermó de cáncer.
Los médicos le dieron apenas unos meses de vida, pero ella sobrevivió cerca de cuatro años. Durante ese tiempo fue sometida a numerosas intervenciones quirúrgicas y tratamientos sumamente dolorosos. Walter observó cómo la salud de su madre se deterioraba progresivamente, aunque ella nunca abandonó su confianza en Dios.
Mientras su madre padecía aquella enfermedad, Walter recibía instrucción religiosa católica en la escuela. Allí, una religiosa le repetía que su madre, por ser protestante, no podría entrar en el cielo y que sufriría eternamente en el infierno.
Aquellas afirmaciones causaron una profunda indignación en el niño. No podía comprender cómo una mujer que amaba a Dios, soportaba el sufrimiento con fe y trataba a los demás con bondad podía ser condenada simplemente por no pertenecer a una institución religiosa determinada.
Su rebeldía fue aumentando. Finalmente, después de escuchar nuevamente que su madre se perdería, rompió el catecismo delante de la instructora y fue expulsado permanentemente de las clases religiosas. A partir de entonces sufrió castigos, humillaciones y maltratos en la escuela, experiencias que fortalecieron su rechazo hacia la religión.
Cuando Walter tenía doce años, su madre murió. Su hogar se desintegró y su padre volvió a casarse. La relación con su madrastra fue difícil, por lo que terminó siendo enviado a otros hogares y estuvo a punto de abandonar definitivamente sus estudios.
Desde aquel momento dejó de creer en Dios. Según su propio testimonio, pensaba que, si Dios realmente existía, debía ser un ser cruel al que no quería conocer.
La evolución como respuesta
Después de cumplir con el servicio militar, Walter logró ingresar a la universidad y estudiar zoología. Allí encontró una explicación que parecía resolver todos sus cuestionamientos: la teoría de la evolución.
La institución en la que estudiaba era uno de los principales centros evolucionistas de Sudáfrica. La evolución no era presentada solamente como una teoría biológica, sino como el fundamento desde el cual se interpretaban prácticamente todas las ciencias naturales.
Walter la aceptó completamente. Para él, la vida podía explicarse mediante procesos naturales sin necesidad de recurrir a un Creador. La ciencia se convirtió en su nueva seguridad intelectual y el ateísmo en la conclusión lógica de su experiencia personal.
Con el tiempo llegó a ser profesor universitario y un firme defensor del evolucionismo. Estaba acostumbrado a utilizar argumentos científicos para ridiculizar cualquier explicación creacionista y consideraba que la fe era simplemente una muleta emocional para quienes no podían enfrentar la realidad.
Una familia relacionada con el ocultismo
Durante sus años universitarios conoció a la mujer que posteriormente se convertiría en su esposa. Ella provenía de un ambiente muy diferente.
Su padre había trabajado para un periódico investigando fenómenos relacionados con el espiritismo y el ocultismo. Al principio era escéptico y creía que aquellos acontecimientos eran simples fraudes. Sin embargo, después de experimentar situaciones que no pudo explicar, se involucró cada vez más en círculos espiritistas y posteriormente en el movimiento de la Nueva Era.
Walter, como científico ateo, trataba de racionalizar todas aquellas historias. No creía en espíritus, demonios ni fuerzas sobrenaturales. Consideraba que todo debía poseer una explicación natural, aunque todavía no se hubiera descubierto.
Después de casarse, Walter y su esposa tuvieron tres hijos. Durante el embarazo del menor, ella sufrió una enfermedad grave. Los médicos llegaron a recomendar la interrupción del embarazo porque temían que el niño hubiera muerto. Sin embargo, un examen realizado en otro hospital mostró que el bebé permanecía con vida y en buenas condiciones.
El niño nació, pero desde sus primeros meses manifestó un comportamiento extremadamente difícil. Lloraba durante horas, no podía dormir con normalidad y sufría repentinos episodios de fiebre y convulsiones.
Walter relata que, repetidamente, a las dos de la madrugada experimentaba una pesadilla en la que sentía que alguien lo estrangulaba. Inmediatamente después, su hijo comenzaba a gritar y su temperatura subía peligrosamente. En varias ocasiones tuvieron que llevarlo de emergencia al hospital, pero los médicos no lograban encontrar una causa definitiva.
Aunque al principio trató de explicarlo científicamente, la repetición de los episodios comenzó a quebrantar su seguridad. Llegó a preguntarse si las experiencias que él sufría y los ataques del niño podían estar relacionados.
El regreso temporal al catolicismo
Desesperado y sin encontrar ayuda médica, Walter recordó la enseñanza católica sobre los exorcismos. Se acercó a una iglesia y explicó que estaban ocurriendo acontecimientos extraños en su hogar.
Posteriormente fue contactado por un sacerdote experimentado en exorcismos. Según el relato de Veith, aquel hombre describió algunos de los problemas de la familia antes de que Walter se los hubiera explicado detalladamente. También le aseguró que su hijo estaba siendo atacado y que era necesario realizar una misa especial dentro de la casa.
El sacerdote recorrió las habitaciones, utilizó agua y sal bendecidas, colocó objetos religiosos y celebró una misa en el cuarto del niño.
Aquella noche, por primera vez, el pequeño se acostó tranquilamente y durmió hasta la mañana. El cambio continuó durante semanas y meses. Para Walter, aquello constituía una evidencia de que el mundo espiritual era real y de que su ateísmo no podía explicar todo lo que acababa de presenciar.
Decidió entonces regresar a la Iglesia católica. Comenzó a asistir regularmente a misa y a acompañar a su hijo en la preparación para la primera comunión. Sin embargo, aunque reconocía la existencia de Dios, no sentía que lo hubiera conocido personalmente.
Observaba los rituales y se preguntaba por qué debían repetirse constantemente. Deseaba encontrar a Dios, pero no lograba hallar una relación viva con él.
Un folleto olvidado
Durante la remodelación de su casa, Walter contrató a un carpintero para trabajar en la cocina. Aquel hombre le dijo que caminaba con el Señor y le entregó un pequeño folleto religioso.
Walter guardó el documento en un cajón y se olvidó de él.
Aproximadamente un año después, después de haber humillado públicamente a una joven cristiana en una de sus clases, su conciencia comenzó a perturbarlo. La estudiante había cuestionado su enseñanza evolucionista porque creía que Dios era el Creador. Walter respondió ridiculizándola delante de cientos de estudiantes, hasta hacerla llorar.
Aunque inicialmente se sintió satisfecho con su argumentación, posteriormente comprendió que había abusado de su posición y que había tratado cruelmente a una joven que solamente había expresado sus convicciones.
Entró en una iglesia católica y oró. Le pidió a Dios que, si verdaderamente existía, se revelara de una manera que pudiera comprender.
Al regresar a su casa buscó algo en un cajón y encontró el folleto que el carpintero le había entregado. El documento comparaba los Diez Mandamientos registrados en la Biblia con la forma en que aparecían en los catecismos católico y luterano.
Walter consideró inicialmente que se trataba de propaganda religiosa sin fundamento. Sin embargo, decidió comprobarlo. Consultó un catecismo y verificó que la comparación era correcta. Después encontró una antigua Biblia alemana y leyó directamente el texto de los Diez Mandamientos.
La diferencia lo dejó profundamente desconcertado.
El estudio de Daniel y Apocalipsis
Walter se comunicó nuevamente con el carpintero. El hombre llegó a su casa y comenzaron a estudiar la Biblia, especialmente las profecías de Daniel y Apocalipsis.
Durante tres días analizaron los reinos proféticos, el surgimiento del cuerno pequeño, los acontecimientos históricos y los cambios realizados en la ley de Dios.
Walter no aceptó inmediatamente las conclusiones. Como científico, decidió verificar cada afirmación por sí mismo. Acudió a los departamentos de Historia y Teología de la universidad, consultó libros especializados y comparó los acontecimientos históricos con las profecías bíblicas.
También examinó las interpretaciones alternativas. Estudió, por ejemplo, la idea de que el cuerno pequeño de Daniel representaba a Antíoco IV Epífanes, pero llegó a la conclusión de que no cumplía con todos los criterios establecidos en el texto.
Invitó a sacerdotes y ministros de diferentes denominaciones a discutir sus hallazgos. Las conversaciones se prolongaban durante horas, pero ninguna explicación lograba resolver satisfactoriamente las dificultades que había encontrado.
Poco a poco comenzó a convencerse de que las profecías bíblicas poseían una coherencia histórica que no podía ignorar.
El conflicto con el sábado
El asunto más difícil fue el sábado.
El cuarto mandamiento presenta el descanso sabático como un recordatorio de que Dios creó los cielos, la tierra y el mar en seis días. Para Walter, aceptar el sábado implicaba cuestionar directamente su confianza en la evolución.
El carpintero le entregó numerosos libros sobre creacionismo, pero Walter los rechazó porque los consideraba poco científicos. Como profesor de zoología y experto en argumentación evolucionista, sentía que podía refutar fácilmente a cualquier defensor de la creación.
Su esposa también luchaba con el sábado. En cierta ocasión recibió un extenso documento escrito para refutar la doctrina adventista. Ella estudió cada argumento y lo comparó cuidadosamente con la Biblia. Paradójicamente, aquel material terminó convenciéndola de que los argumentos contra el sábado se basaban en interpretaciones humanas, mientras que la observancia del séptimo día permanecía claramente establecida en las Escrituras.
Walter, sin embargo, continuaba resistiéndose. No estaba dispuesto a guardar un día basado en una creación de seis días literales mientras siguiera creyendo que la vida había evolucionado durante millones de años.
El cuestionamiento científico de la evolución
Finalmente decidió investigar la evolución con el mismo rigor con el que había examinado las profecías.
En la biblioteca universitaria comparó diferentes ediciones de libros científicos. Observó que algunas ediciones antiguas reconocían abiertamente problemas en determinados modelos evolutivos, mientras que las ediciones más recientes presentaban las mismas cuestiones con un lenguaje más seguro, sin admitir las dificultades anteriores.
Uno de los asuntos que llamó su atención fue la aparición de los cetáceos en el registro fósil. Según su análisis, ciertas publicaciones antiguas reconocían la ausencia de una secuencia evolutiva clara, mientras que las nuevas describían un supuesto origen evolutivo sin explicar adecuadamente las transiciones.
Walter comenzó a examinar también la genética. Elaboró una extensa lista de problemas que, a su juicio, el modelo evolucionista no resolvía satisfactoriamente.
Por primera vez dejó de evaluar el creacionismo desde los prejuicios de su formación y comenzó a examinar críticamente los fundamentos de la teoría que había enseñado durante años.
Su conclusión fue radical: ya no podía seguir defendiendo intelectualmente la evolución como una explicación suficiente del origen de la vida.
Una decisión inevitable
Después de estudiar la Biblia, consultar a teólogos, analizar las lenguas originales, comprobar datos históricos y revisar sus propias convicciones científicas, Walter llegó a la conclusión de que no podía permanecer indefinidamente entre dos posiciones.
Decidió aceptar la autoridad de las Escrituras, reconocer a Dios como Creador y comenzar a guardar el sábado.
Su acercamiento a la Iglesia Adventista del Séptimo Día no fue fácil. Él y su esposa estaban acostumbrados a un estilo de vida completamente diferente. Las costumbres, la forma de vestir y el comportamiento de los adventistas les parecían extraños. Su esposa llegó a llorar pensando que nunca volverían a disfrutar de la vida que habían conocido.
Sin embargo, ambos estaban convencidos de que no podían rechazar una verdad solamente porque quienes la practicaban les parecieran culturalmente diferentes.
Con el tiempo, aquellas personas que inicialmente consideraron extrañas se convirtieron en amigos y compañeros de fe.
El precio de defender sus convicciones
La verdadera prueba llegó en la universidad.
Walter fue seleccionado para dirigir una discusión académica sobre evolución delante de profesores y estudiantes de posgrado. Tenía que decidir entre continuar defendiendo públicamente lo que ya no creía o presentar honestamente sus nuevas conclusiones.
Después de una intensa lucha interior, decidió hablar.
Durante la exposición presentó diversos problemas relacionados con la genética y terminó declarando que, de acuerdo con su análisis, la evolución no podía explicar satisfactoriamente la complejidad de la vida.
La reacción fue inmediata. Algunos colegas se indignaron y su reputación académica quedó seriamente afectada. Una estudiante se levantó y declaró que había llegado a la universidad creyendo en Dios, pero que las enseñanzas recibidas habían destruido su fe. Añadió que la presentación de Veith le había mostrado que el profesorado no le había presentado todos los elementos del debate.
Desde aquel día, Walter fue marginado por varios de sus colegas.
La universidad reafirmó que la evolución debía permanecer como fundamento de la enseñanza científica. Como él no podía aceptar esa condición, presentó su renuncia.
El rector trató de persuadirlo para que se quedara e incluso le ofreció la posibilidad de una promoción. Walter rechazó la propuesta porque consideraba que el precio era demasiado alto: tendría que callar aquello que ahora creía verdadero.
Cuando el rector le preguntó directamente qué iglesia consideraba que estaba enseñando la verdad, Walter intentó evadir la respuesta. Finalmente declaró que creía que la Iglesia Adventista del Séptimo Día estaba proclamando el mensaje bíblico que él había descubierto.
Con aquella confesión pública, su antigua vida profesional parecía haber terminado.
Pérdida, pobreza y dependencia de Dios
Walter vendió su casa y utilizó el dinero para comenzar una pequeña finca. Pensaba que Dios bendeciría inmediatamente todos sus proyectos. La primera cosecha de trigo creció de manera extraordinaria, pero una enorme bandada de aves descendió sobre el terreno y destruyó prácticamente toda la producción.
A esto se sumaron la crisis económica, las sanciones contra Sudáfrica y el aumento de las tasas de interés. La familia perdió sus recursos y quedó endeudada.
Walter había renunciado a su posición universitaria, su prestigio científico estaba destruido y la finca no producía suficiente para sostenerlos. Llegaron al punto de no tener alimentos.
En medio de aquella crisis, la familia decidió aferrarse a las promesas bíblicas. Oraron y expresaron delante de Dios que, aunque no comprendían lo que estaba ocurriendo, continuarían confiando en él.
Al día siguiente, un profesor de otra universidad llamó para ofrecerle trabajo temporal. Necesitaban con urgencia a alguien que reemplazara a un docente en exactamente el área de especialización de Walter.
El proceso administrativo que normalmente habría tardado meses se resolvió en pocos días. Sin embargo, quedaba el problema de la finca. Casi inmediatamente apareció una pareja adventista que había perdido su trabajo porque el esposo se negaba a trabajar en sábado. Necesitaban un lugar donde vivir y aceptaron cuidar la propiedad a cambio de alojamiento y de los productos que pudieran obtener de ella.
Walter interpretó aquella sucesión de acontecimientos como una respuesta directa a sus oraciones.
Durante los meses siguientes la familia continuó atravesando dificultades. En algunas ocasiones encontraron dinero inesperadamente y, en otra, cuando no tenían nada para comer, alguien dejó una canasta llena de alimentos frente a la puerta sin identificarse.
Estas experiencias le enseñaron que seguir a Dios no significa vivir sin problemas, pero sí confiar en que él proporcionará lo necesario en el momento oportuno.
El restablecimiento de su carrera
Lo que comenzó como un contrato temporal terminó convirtiéndose en una nueva oportunidad académica.
Con el tiempo, Walter recuperó el respeto de sus colegas por la calidad de su trabajo científico. Obtuvo una posición permanente y comenzó nuevamente a ascender dentro de la universidad: pasó por diferentes niveles académicos hasta llegar a ser profesor y jefe del Departamento de Zoología.
Lo extraordinario para él era que ocupaba una posición de liderazgo en una institución secular mientras enseñaba y defendía públicamente el creacionismo.
Su testimonio no concluye afirmando que la vida cristiana elimina las dificultades. Por el contrario, reconoce que su decisión le costó prestigio, estabilidad económica, amistades profesionales y seguridad.
Sin embargo, sostiene que aquellas pérdidas le permitieron conocer una forma de dependencia de Dios que jamás habría experimentado mientras confiaba exclusivamente en sus propios conocimientos y capacidades.
Una vida transformada
Walter Veith pasó de considerar la religión como una superstición a reconocer la existencia de un conflicto espiritual. Pasó de enseñar la evolución con absoluta seguridad a cuestionar sus fundamentos y defender la creación bíblica. Pasó de ridiculizar públicamente a quienes creían en Dios a arriesgar su propia carrera por declarar aquello que había llegado a creer.
Su conversión no se produjo porque abandonara la investigación, sino porque decidió aplicar el mismo principio de verificación a sus creencias religiosas y científicas.
Estudió la Biblia, examinó la historia, consultó a especialistas, confrontó explicaciones alternativas y revisó críticamente los modelos que durante años había enseñado.
Al final comprendió que la fe no consistía solamente en admitir la existencia de Dios, sino en estar dispuesto a obedecerlo aun cuando hacerlo implicara perder aquello que el mundo considera valioso.
El mensaje central de su experiencia puede resumirse en una convicción que marcó el resto de su vida:
Nunca debemos tener miedo de tomar posición por lo que consideramos verdadero. Cuando una persona actúa con honestidad y decide obedecer a Dios, puede confiar en que él se encargará de sus necesidades y abrirá un camino, incluso cuando humanamente parezca imposible.