De sacerdote católico a pastor adventista: la historia de Luis Argumedo

Hace 49 años, el 9 de julio de 1977, Luis Argumedo fue ordenado al ministerio pastoral adventista en Lynwood, California. Detrás de aquella ceremonia había una historia extraordinaria: había nacido en un hogar profundamente católico, estudiado durante años en seminarios de México y Europa, ejercido como sacerdote y abandonado todo para buscar respuestas directamente en la Biblia.

Su nombre completo era José Luis Argumedo. Al relatar su experiencia, eligió un título que resume perfectamente el rumbo de su vida:

“De la doctrina católica a la Santa Biblia”.

Una infancia profundamente católica

José Luis Argumedo nació en Fresnillo, Zacatecas, México, y fue el tercero de una familia de siete hijos. Sus padres fueron José Argumedo Portillo e Imelda Rivas Alanís.

No creció en un hogar católico únicamente de nombre. Su familia asistía a misa cada domingo, rezaba el rosario y practicaba diferentes devociones. Su abuela vivía con ellos y se encargaba de enseñarles el Credo, el Padre Nuestro, la Salve, el acto de contrición y numerosas oraciones dirigidas a distintos santos.

Poco después de nacer, José Luis contrajo tosferina. Su estado fue tan delicado que su madre lo llevó apresuradamente a la parroquia de la Purificación, en Fresnillo, para que fuera bautizado de emergencia. Ella temía que muriera sin recibir el bautismo.

Años después, aquel mismo niño regresaría a esa parroquia convertido en sacerdote para celebrar allí su primera misa.

Su padre trabajaba como minero. Cuando José Luis tenía aproximadamente once o doce años, murió trágicamente en un accidente dentro de una mina. La pérdida marcó profundamente a la familia.

Debido a que el niño sufría constantes problemas de salud, su madre permitió que unos tíos sin hijos se hicieran cargo de él. Ellos vivían en San Felipe, Guanajuato, donde su tío ejercía un cargo importante en la localidad. Con ellos tuvo acceso a mejores condiciones económicas y estudió en instituciones religiosas.

Una entrada inesperada al seminario

Cuando sus tíos se trasladaron a San Luis Potosí, José Luis fue matriculado en un colegio dirigido por los hermanos maristas.

Cierto día, un sacerdote visitó el colegio para promover vocaciones. Preguntó a los estudiantes quiénes deseaban ser sacerdotes y por qué. Algunos dijeron que querían que las personas les besaran la mano o les entregaran dinero. José Luis respondió con una motivación más personal:

Quería ser sacerdote porque deseaba que todo el mundo lo quisiera.

Sin embargo, su ingreso definitivo al seminario ocurrió de una manera inesperada.

Cuando tenía aproximadamente doce años, había acordado pelear con otro joven frente a un edificio cuya puerta se encontraba abierta. Su contrincante no apareció, pero José Luis entró por curiosidad. En el patio vio a varios muchachos jugando fútbol y comenzó a jugar con ellos.

Cuando terminó el recreo, le preguntaron si era seminarista. Al enterarse de que aquellos jóvenes se preparaban para ser sacerdotes, respondió inmediatamente que él también quería serlo.

Las autoridades le explicaron que no estaba inscrito y que no podía quedarse. Sin embargo, se negó a marcharse. Finalmente localizaron a sus tíos, quienes llevaron una cama y todo lo necesario para que permaneciera en el seminario.

Lo que había comenzado como una pelea que nunca ocurrió terminó convirtiéndose en el inicio de su formación sacerdotal.

Una rigurosa formación católica

Argumedo permaneció varios años en el seminario menor. Durante cinco años estudió Humanidades, Historia, Geografía y, especialmente, Latín. Recibía dos horas diarias de enseñanza en esa lengua, pues gran parte de su formación posterior sería impartida en latín.

Él mismo reconoció que aquel sistema educativo era riguroso y exigía memorizar grandes cantidades de información. Aprendió historia romana, filosofía y diversas materias humanísticas.

Debido a su desempeño, fue enviado a Barcelona, España, donde estudió durante tres años en un seminario pontificio y obtuvo una licenciatura en Filosofía y Letras. Allí cursó asignaturas como Lógica, Metafísica, Psicología experimental, Psicología racional y Teología natural.

También pasó alrededor de seis meses en Lyon, Francia, realizando un curso especial de Historia del Arte Cristiano, en el que estudió las principales expresiones artísticas desarrolladas dentro de la historia del cristianismo.

Después regresó a México e ingresó al seminario mayor de San Luis Potosí para cursar cuatro años de Teología.

Preguntas que quedaron sin respuesta

Mientras avanzaba en su preparación sacerdotal, comenzaron a surgir inquietudes que sus estudios no lograban resolver satisfactoriamente.

Se preguntaba por qué un sacerdote debía permanecer célibe, cuál era el fundamento para confesar los pecados ante otro ser humano igualmente pecador y por qué ciertas prácticas religiosas parecían descansar más en la tradición que en una enseñanza clara de las Escrituras.

Él describió esos años con una expresión significativa:

“Tuve muchas preguntas y pocas respuestas”.

A pesar de sus dudas, completó la formación y fue ordenado sacerdote en la catedral de San Luis Potosí.

Durante la ceremonia se postró en el suelo, recibió la unción y prometió conservar la castidad y obedecer a sus superiores. Como sacerdote diocesano, no hizo voto de pobreza, a diferencia de los miembros de algunas órdenes religiosas.

Posteriormente comenzó a escuchar confesiones y fue destinado a una parroquia en Rioverde, con extensión hacia Atotonilco, San Luis Potosí.

Tres años en el sacerdocio

Argumedo ejerció como sacerdote durante aproximadamente tres años.

En su testimonio dejó claro que no abandonó el sacerdocio para casarse. Su matrimonio ocurrió mucho tiempo después. La verdadera crisis estuvo relacionada con las profundas inquietudes que experimentaba dentro del ejercicio sacerdotal.

Una de sus mayores cargas era escuchar confesiones. Personas de todas las edades se acercaban para contarle problemas matrimoniales, faltas morales y situaciones familiares muy complejas. Al mismo tiempo, él debía ofrecer consejos sobre el matrimonio sin haber estado casado y absolver pecados siendo consciente de su propia condición humana.

Aunque recordó con cariño a muchas personas de su parroquia y reconoció haber vivido experiencias positivas, sentía que necesitaba detenerse y examinar su vida.

Cuando habló con su obispo acerca de salir, este le advirtió que terminaría regresando como el hijo pródigo. Argumedo respondió que estaba dispuesto a correr el riesgo, pues necesitaba vivir una experiencia que le permitiera encontrar respuestas.

El viaje a Estados Unidos

Argumedo viajó a Kentucky para ayudar a un antiguo compañero de seminario, un sacerdote estadounidense que atendía a una comunidad de habla hispana.

Sin embargo, lo que encontró allí lo decepcionó. Según su relato, su compañero llevaba una vida que no correspondía con los ideales sacerdotales que ambos habían profesado. Le ofreció participar en fiestas y le sugirió comenzar relaciones sentimentales.

Aunque Argumedo reconoció que las propuestas podían parecer atractivas, comprendió que no había dejado el sacerdocio para entregarse a esa clase de vida. Pensó en regresar, pero ya no se sentía capaz de retomar el ministerio católico como si nada hubiera ocurrido.

Finalmente viajó a California con poco dinero y sin un plan definido.

De Santa Ana a una fábrica de yates

Al llegar a Santa Ana, California, conoció a un joven que lo llevó a la casa de su abuela. Después de escuchar su historia, aquella familia lo ayudó a encontrar alojamiento y trabajo.

Comenzó a laborar en una fábrica de yates en Costa Mesa. Durante los descansos observó que cuatro trabajadores se apartaban del grupo principal. Eran adventistas, de origen brasileño, y acostumbraban conversar sobre la Escuela Sabática, la Biblia y las actividades de su iglesia.

Otros empleados se burlaban de ellos porque no comían determinados alimentos. Argumedo, que todavía conservaba fuertes prejuicios religiosos, inicialmente pensó que eran fanáticos.

Uno de los adventistas comenzó a transportarlo gratuitamente al trabajo y lo invitaba constantemente a la iglesia. Poco a poco, José Luis comenzó a escuchar sus conversaciones.

Su interés aumentó cuando, durante una visita a una tienda, tomó mariscos y otros alimentos que los adventistas consideraban prohibidos por la Biblia. Se produjo una discusión y Argumedo exigió hablar con el pastor para demostrar que aquellas ideas eran equivocadas.

Sin darse cuenta, su deseo de refutar a los adventistas estaba preparando el camino para que estudiara la Biblia.

Su primera visita a una iglesia adventista

La primera reunión adventista a la que asistió no lo impresionó.

El pastor titular no estaba presente, el orador no parecía bien preparado, el edificio era sencillo y el canto estaba dirigido por unas ancianas sin acompañamiento musical. Argumedo había escuchado grandes coros en las catedrales europeas, por lo que la comparación humana y artística no favorecía a aquella pequeña congregación.

Sin embargo, reconoció posteriormente que, aunque no encontró la grandeza ceremonial a la que estaba acostumbrado, el Espíritu de Dios estaba allí.

Después de la reunión conoció al pastor Daniel Fernández, estudiante de Teología, con quien acordó estudiar la Biblia.

El estudio que debía durar treinta minutos

La primera reunión de estudio debía durar aproximadamente media hora.

Argumedo llegó preparado para debatir. Tenía formación filosófica, teológica y dominio de la doctrina católica. No obstante, reconoció que, a pesar de saber mucho sobre misales, santos, ceremonias y tradiciones, conocía muy poco la Biblia.

El estudio comenzó cerca de las seis de la tarde y terminó casi a las once de la noche.

Cuando el pastor se marchó, Argumedo continuó despierto hasta la madrugada, revisando cada texto, subrayando pasajes y escribiendo preguntas. No quería aceptar ninguna enseñanza solamente porque alguien se la hubiera presentado; necesitaba comprobarla personalmente en las Escrituras.

Las primeras cuestiones que investigó estuvieron relacionadas con los alimentos y el sábado, pero los estudios continuaron y abarcaron las principales doctrinas bíblicas.

Tomó tantas notas que posteriormente las convirtió en un libro del cual, según su propio testimonio, llegaron a publicarse alrededor de diez mil ejemplares.

“Mamá, encontré la verdad”

El pastor nunca lo presionó para bautizarse ni le preguntó constantemente cuándo tomaría una decisión.

Sin embargo, Argumedo afirmó que comenzó a sentir la convicción del Espíritu Santo. Finalmente fue él quien se acercó al pastor y le dijo que deseaba ser bautizado.

Escribió entonces a su madre:

“Mamá, encontré la verdad y voy a ser bautizado en la Iglesia Adventista”.

Su familia reaccionó con preocupación. Su hermano Pedro, relacionado con las Escuelas Cristianas de La Salle, viajó desde Monterrey para intentar convencerlo de que no diera ese paso.

La noche anterior al bautismo, al ver la túnica preparada para la ceremonia, su hermano le dijo en tono crítico que había dejado la sotana para ponerse ahora una bata.

Pero José Luis ya había tomado su decisión. Fue bautizado junto con unas doce personas. Con el tiempo, su hermano Pedro también terminó aceptando el mensaje adventista.

Estudios de Teología Adventista en Colombia

Después de su bautismo, Argumedo comprendió que debía prepararse nuevamente para el ministerio, esta vez fundamentando sus creencias directamente en la Biblia.

Viajó a Medellín, Colombia, para estudiar Teología Adventista. Allí tuvo profesores a quienes describió como excelentes y muy exigentes. Uno de ellos le indicó que no bastaba con leer Daniel y Apocalipsis: debía conocer profundamente ambos libros.

Su formación anterior no fue desperdiciada. El conocimiento del latín, la filosofía, la historia del cristianismo y la teología le permitió comprender con mayor claridad las diferencias entre la tradición eclesiástica y las enseñanzas bíblicas.

Sin embargo, ahora su autoridad final no sería el magisterio de una iglesia, sino la Palabra de Dios.

Matrimonio, familia y ministerio

Después de estudiar en Colombia, regresó al área de Los Ángeles, California.

La ciudad de Glendale llegó a ocupar un lugar especial en su vida. Allí contrajo matrimonio y nacieron sus dos hijos: José Luis Junior y Ruth.

Comenzó entonces una extensa labor pastoral dentro de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Entre las congregaciones mencionadas en su testimonio se encuentran:

  • Culver City.
  • South Gate.
  • Ditman o Panamericana.
  • Hollywood.

También trabajó durante cinco años como evangelista en el área metropolitana de Los Ángeles y participó en numerosas campañas, reuniones y actividades misioneras.

Ordenado como pastor adventista

El 9 de julio de 1977, José Luis Argumedo fue ordenado al ministerio pastoral adventista en Lynwood, California.

Para aquella ordenación utilizó el mismo pasaje bíblico que había escogido cuando fue ordenado sacerdote católico:

“No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca”.
—Juan 15:16.

El texto adquiría ahora un significado distinto. Argumedo entendía que Dios había acompañado toda su trayectoria y que incluso los años de formación católica habían contribuido a prepararlo para una misión que todavía no comprendía.

Al momento de compartir públicamente su testimonio, agradeció a Dios por 42 años de servicio en la Iglesia Adventista. También explicó que había recibido el reconocimiento de pastor emérito, lo que le permitía continuar ejerciendo su ministerio en las iglesias adventistas.

Una vida marcada por la investigación

Uno de los rasgos más evidentes en la historia de Argumedo fue su deseo de investigar.

Desde niño sentía curiosidad por conocer lo que había detrás de cada puerta. Esa curiosidad lo llevó accidentalmente al seminario y, muchos años después, lo impulsó a abrir la Biblia para comprobar si las enseñanzas adventistas eran verdaderas.

No se convirtió porque una reunión fuera espectacular, porque la música lo emocionara o porque alguien lo presionara. Su decisión nació de comparar las doctrinas con las Escrituras.

Él reconocía que los conversos poseen una perspectiva particular: saben lo que han dejado y, por eso, pueden valorar con mayor profundidad lo que han encontrado.

De la tradición a la Palabra

La historia de Luis Argumedo no debe interpretarse como la de un hombre que pasó de no tener fe a tenerla.

Desde su niñez fue profundamente religioso. Estudió durante años, hizo sacrificios, sirvió en una parroquia y buscó sinceramente agradar a Dios. El cambio ocurrió cuando decidió someter toda tradición, toda ceremonia y toda enseñanza a la autoridad de la Biblia.

Su testimonio es el de un hombre que estuvo dispuesto a perder una posición, comenzar nuevamente como trabajador y enfrentar la oposición familiar con tal de seguir aquello que había llegado a considerar la verdad.

El sacerdote que había escuchado innumerables confesiones terminó anunciando que el perdón se encuentra directamente en Jesucristo. El hombre formado en las tradiciones de siglos dedicó después más de cuatro décadas a predicar la Biblia.

Por eso, el título escogido por él mismo continúa siendo la mejor descripción de su trayectoria:

De la doctrina católica a la Santa Biblia.

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