IBA A DESAYUNAR EN LAS TORRES GEMELAS… PERO UNA PUERTA ROTA CAMBIÓ TODO

La historia del pastor adventista José Rojas y aquella mañana del 11 de septiembre de 2001

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La mañana del martes 11 de septiembre de 2001, José Rojas tenía un plan.

No era un día cualquiera.

Rojas dirigía entonces los servicios de ministerio voluntario de la División Norteamericana de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Su trabajo estaba estrechamente relacionado con la movilización de voluntarios y el servicio comunitario, y aquel día debía viajar desde Maryland hasta Nueva York para participar en actividades relacionadas con el Año Internacional de los Voluntarios de las Naciones Unidas.

Las Naciones Unidas habían declarado oficialmente el año 2001 como el Año Internacional de los Voluntarios. Precisamente durante aquellos días, del 10 al 12 de septiembre, cientos de representantes de organizaciones de diferentes países se reunían en la sede de la ONU en Nueva York para una conferencia dedicada al voluntariado.

José tenía motivos profesionales para estar allí.

Pero también había algo que deseaba hacer antes.

Quería llegar temprano a Manhattan.

Desde hacía algún tiempo tenía el deseo de conocer uno de los restaurantes más famosos de Nueva York: Windows on the World, ubicado en los pisos 106 y 107 de la Torre Norte del World Trade Center.

Su idea era sencilla: viajar temprano desde Baltimore, llegar a Nueva York, desayunar en lo alto de una de las Torres Gemelas y después tomar un taxi hacia el edificio de las Naciones Unidas.

Parecía un plan perfectamente normal.

Nadie podía imaginar que aquella mañana el mundo estaba a pocos minutos de cambiar para siempre.

Una puerta que llevaba meses esperando

En la casa de José y su esposa, Ruthie, había un pequeño problema doméstico.

Una puerta que conducía al sótano tenía el pestillo roto.

No parecía importante.

No comparado con un viaje a Nueva York. No comparado con una conferencia internacional. No comparado con las responsabilidades que José tenía como director de un ministerio de voluntarios.

Pero para Ruthie aquella puerta sí era importante.

La pareja estaba preparando su casa para poder recibir niños de acogida, y una trabajadora social debía visitar la vivienda aquella misma tarde para realizar una inspección.

La puerta tenía que funcionar correctamente.

Ruthie llevaba meses pidiéndole a José que reparara el pestillo.

Pero siempre había algo más urgente.

Trabajo.

Viajes.

Compromisos.

Reuniones.

Hasta que llegó aquella mañana.

José estaba preparado para marcharse rumbo a Nueva York cuando Ruthie volvió a recordarle la puerta.

Esta vez insistió.

La conversación se volvió tensa.

José tenía un itinerario. Tenía planes. Quería llegar temprano. Quería desayunar en Windows on the World antes de dirigirse a Naciones Unidas.

Pero Ruthie no cedió.

La inspección sería esa misma tarde.

Aquella puerta tenía que ser reparada.

Según recordaría José muchos años después, la discusión llegó a convertirse en una de las más fuertes que habían tenido durante su matrimonio.

Finalmente cedió.

No viajaría a Nueva York aquella mañana.

Se quedaría en casa.

Repararía la puerta.

A las 8:46 de la mañana

Mientras José permanecía en Maryland, cientos de kilómetros al norte la ciudad de Nueva York comenzaba una jornada aparentemente normal.

En Windows on the World ya había personas desayunando.

El restaurante ocupaba los pisos 106 y 107 de la Torre Norte.

Aquella mañana también se estaba realizando allí una conferencia empresarial. Los participantes habían comenzado a llegar alrededor de las ocho.

Entonces ocurrió lo inimaginable.

A las 8:46 de la mañana, el vuelo 11 de American Airlines se estrelló contra la Torre Norte del World Trade Center.

El avión atravesó aproximadamente los pisos 93 al 99.

Windows on the World estaba varios pisos más arriba.

El impacto destruyó las rutas de escape de quienes se encontraban por encima de aquella zona.

Las primeras imágenes comenzaron a transmitirse por televisión.

En Maryland, José y Ruthie estaban desayunando.

Miraron la pantalla.

Una de las Torres Gemelas estaba ardiendo.

José reconoció inmediatamente el edificio.

Era la Torre Norte.

El mismo edificio al que había pensado llegar aquella mañana.

El mismo edificio en cuya parte superior se encontraba el restaurante donde quería desayunar.

Y entonces comprendió lo que aquella discusión, aquel pestillo y aquella puerta rota habían significado para sus planes.

Según el relato que años después compartiría públicamente, José miró a Ruthie.

Entre lágrimas apenas pudo decirle:

—Me salvaste la vida.

La puerta que parecía un inconveniente

Hay un detalle que hace todavía más impresionante la historia.

El itinerario que José describió era perfectamente posible.

Horarios ferroviarios de 2001 muestran que un tren podía salir de Baltimore alrededor de las 5:30 de la mañana y llegar a Nueva York aproximadamente a las 7:44.

Eso habría dejado tiempo suficiente para dirigirse hacia el World Trade Center antes de las 8:46.

Nunca podremos saber exactamente a qué hora habría llegado José al restaurante.

No existe manera de reconstruir una mañana que nunca ocurrió.

Pero sí sabemos algo:

él tenía la intención de estar allí.

Y sabemos también que Windows on the World estaba abierto aquella mañana.

Cuando el avión impactó contra la Torre Norte, decenas de personas se encontraban en los pisos superiores.

No pudieron bajar.

Para quienes estaban por encima de la zona del impacto, las escaleras habían quedado destruidas o bloqueadas.

La pequeña reparación doméstica que José consideraba una interrupción de sus planes terminó impidiendo que realizara aquel viaje.

Pero la historia de José Rojas no terminó frente al televisor.

Porque mientras él comprendía que estaba vivo, miles de personas estaban enfrentando la peor tragedia de sus vidas.

Al día siguiente fue hacia la tragedia

El 12 de septiembre, apenas un día después de los ataques, José Rojas viajó finalmente hacia Nueva York.

Pero ya no había conferencia.

Ya no había desayuno en las alturas.

Ya no existía el World Trade Center que había conocido el mundo.

Ahora iba como voluntario.

Adventist Community Services se había movilizado para colaborar en la enorme respuesta humanitaria que comenzaba a organizarse alrededor de la zona cero.

José Rojas, Fitzgerald Kerr, Sung Kwon y otros dirigentes y voluntarios adventistas participaron en aquella respuesta.

Se distribuyeron alimentos, agua, barras energéticas, solución salina y otros suministros que necesitaban desesperadamente quienes trabajaban entre los escombros.

También comenzó otro ministerio menos visible.

Escuchar.

Acompañar.

Permitir que hombres y mujeres que habían pasado horas buscando sobrevivientes pudieran simplemente sentarse durante unos minutos.

Decenas de pastores adventistas fueron preparados para esa tarea.

Un informe publicado poco después de los acontecimientos señaló que aproximadamente 60 pastores recibieron capacitación para atender situaciones de crisis y duelo, y alrededor de 35 de ellos recibieron además preparación de la Cruz Roja para trabajar directamente con las familias afectadas.

José había dedicado gran parte de su vida al voluntariado.

Ahora el servicio dejaba de ser un concepto administrativo.

Estaba frente a él.

Entre humo, polvo, sirenas, agotamiento y lágrimas.

“Lugares para llorar”

Rojas recordaría posteriormente una de las escenas que más lo marcaron.

Los voluntarios habían instalado puntos donde los rescatistas podían encontrar agua, alimentos, frutas y otras provisiones.

Pero José comenzó a comprender que aquellos lugares ofrecían algo que no aparecía en las cajas de suministros.

Los llamó también:

“lugares para llorar”.

Bomberos y otros rescatistas podían pasar horas trabajando entre toneladas de acero y concreto.

Buscaban compañeros.

Buscaban sobrevivientes.

Buscaban personas que probablemente ya nunca regresarían a sus hogares.

Después llegaban exhaustos hasta alguno de aquellos puestos.

Tomaban agua.

Comían algo.

Y algunas veces simplemente se derrumbaban.

José recordó hombres fuertes, bomberos acostumbrados a enfrentarse al peligro, comenzando a llorar en los brazos de completos desconocidos.

No siempre necesitaban respuestas.

A veces necesitaban simplemente a alguien que permaneciera junto a ellos.

El hombre que un día antes había pensado desayunar en aquella zona ahora estaba allí para servir a quienes buscaban entre sus ruinas.

Pero José no fue el único adventista relacionado con aquella tragedia

La historia de su supervivencia debe contarse con respeto porque dentro de la misma comunidad religiosa hubo otras familias para quienes aquel día tuvo un desenlace completamente diferente.

Diez adventistas del séptimo día perdieron la vida como consecuencia de los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Ocho murieron en el World Trade Center.

Uno murió en el Pentágono.

Y otro estaba a bordo del vuelo United 93.

Sus nombres fueron:

Michael Baksh.
Steve Bunin.
LeRoy Homer.
Maxima Jean-Pierre.
Lizie Martínez-Calderón.
Ted Moy.
Michelle Nelson.
Valerie Silver-Ellis.
Claudia Sutton.
Jorge “Josue” Velazquez.

Cinco de ellos se encontraban precisamente en la Torre Norte, el edificio donde José Rojas había pensado desayunar aquella mañana.

Steve Bunin y Michelle Nelson estaban en el piso 103.

Valerie Silver-Ellis, en el 104.

Maxima Jean-Pierre, en el 105.

Claudia Sutton, en el 101.

Muy cerca de ellos, unos pisos más arriba, estaba Windows on the World.

Por eso la historia de José no debería utilizarse para afirmar ligeramente que Dios decidió salvar a una persona mientras abandonaba a otras.

El sufrimiento humano es demasiado profundo para respuestas tan simples.

Entre aquellos diez adventistas también había personas de fe.

También había padres.

Madres.

Esposos.

Esposas.

Hijos.

Familias que oraban.

El 11 de septiembre dejó preguntas que ningún relato humano puede responder completamente.

Una vida salvada… para servir

Quizá por eso la parte más significativa del testimonio de José Rojas no sea únicamente que no estuvo en las Torres Gemelas.

Es lo que hizo después.

Pudo haberse quedado en casa pensando solamente:

“Yo pude haber muerto”.

En cambio, al día siguiente viajó hacia la ciudad que acababa de ser golpeada.

El hombre que no pudo cumplir su plan de desayunar en el World Trade Center terminó sirviendo a quienes intentaban rescatar personas de sus ruinas.

Aquella puerta rota dejó de ser importante.

Pero la decisión provocada por aquella puerta quedó grabada para siempre en su memoria.

La historia contiene una paradoja difícil de ignorar.

José quería salir de casa para cumplir con su trabajo relacionado con el voluntariado.

Una puerta rota le impidió asistir a una conferencia sobre voluntariado.

Y apenas veinticuatro horas después estaba realizando una de las tareas de voluntariado más difíciles de toda su vida.

No en un salón de conferencias.

No escuchando discursos.

No sentado frente a delegados internacionales.

Sino entre personas cubiertas de polvo, rescatistas agotados y familias destrozadas.

Veinticinco años después

Este 11 de septiembre de 2026 se cumplen 25 años de los atentados que cambiaron para siempre la historia de Estados Unidos y marcaron a toda una generación.

Casi tres mil personas perdieron la vida aquel día.

Cada una tenía una historia.

Cada una tenía planes para aquella mañana.

Reuniones.

Vuelos.

Trabajos.

Desayunos.

Llamadas pendientes.

Familias esperando que regresaran por la tarde.

José Rojas también tenía un plan.

Pero aquella mañana algo aparentemente insignificante lo alteró.

Una puerta.

Un pestillo roto.

Una esposa que insistió.

Una reparación que ya no podía esperar.

Nunca sabremos qué habría ocurrido exactamente si José hubiera salido de su casa como pretendía.

La historia no permite volver atrás y comprobar caminos alternativos.

Lo que sí sabemos es que aquel cambio inesperado hizo que permaneciera en Maryland cuando pensaba estar en Manhattan.

Y sabemos que, después de sobrevivir a algo que nunca llegó a experimentar directamente, decidió acercarse al sufrimiento de quienes sí lo habían vivido.

Quizá esa sea una de las lecciones más profundas de su testimonio.

No podemos explicar cada tragedia.

No podemos saber por qué unas personas sobreviven y otras mueren.

No debemos convertir el dolor ajeno en una fórmula sencilla sobre la providencia.

Pero sí podemos reconocer que muchas veces nuestra vida cambia por circunstancias que en el momento parecen insignificantes.

Un retraso.

Una llamada.

Un cambio de planes.

Una puerta rota.

Y algunas veces solo mucho tiempo después comprendemos que aquel inconveniente nos condujo hacia un camino completamente diferente.

Para José Rojas, aquel camino comenzó frente a una puerta que no cerraba correctamente.

Y terminó, apenas un día después, entre las ruinas de uno de los acontecimientos más dolorosos de la historia moderna, ofreciendo agua, alimento y un abrazo a quienes necesitaban un lugar donde llorar.

“El corazón del hombre piensa su camino; mas Jehová endereza sus pasos.” — Proverbios 16:9

En memoria de las víctimas del 11 de septiembre de 2001 y, de manera especial, de los diez adventistas del séptimo día que perdieron la vida aquella mañana.

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